En la historia de la música occidental hay un antes y un después marcado por un nombre: Ludwig van Beethoven (1770–1827).
Sus nueve sinfonías, compuestas entre 1799 y 1824, no solo ampliaron las dimensiones formales del género: transformaron para siempre su propósito. Con él, la sinfonía dejó de ser entretenimiento cortesano y se convirtió en declaración artística, conflicto interior y visión humana universal.
Esta es la historia —verificada y contextualizada— de cada una de sus nueve sinfonías.
Sinfonía n.º 1 en Do mayor, Op. 21 (1800)
Estreno: 2 de abril de 1800, Viena
La Primera Sinfonía nace en pleno periodo clásico. Beethoven aún se mueve dentro del lenguaje heredado de Haydn y Mozart, pero ya introduce gestos personales: contrastes dinámicos más abruptos, tensiones armónicas inesperadas y un carácter más afirmativo.
Aunque respeta la estructura tradicional en cuatro movimientos, el inicio sorprende por su ambigüedad tonal. Desde el primer compás, Beethoven anuncia que no será un discípulo complaciente.
Sinfonía n.º 2 en Re mayor, Op. 36 (1803)
Estreno: 5 de abril de 1803, Theater an der Wien
Compuesta en un momento crucial —poco después de redactar el llamado Testamento de Heiligenstadt (1802), donde confesaba su desesperación ante la pérdida de audición—, la Segunda Sinfonía es sorprendentemente luminosa.
Su energía expansiva y su humor robusto contrastan con el drama personal que vivía el compositor. El movimiento final, especialmente dinámico, muestra una fuerza vital que desmiente cualquier rendición.
Sinfonía n.º 3 en Mi bemol mayor, Op. 55 “Heroica” (1804)
Estreno: 7 de abril de 1805, Viena
Aquí comienza la revolución.
Originalmente dedicada a Napoleón Bonaparte —a quien Beethoven admiraba como símbolo republicano—, el compositor retiró la dedicatoria cuando este se proclamó emperador.
La “Heroica” duplicó prácticamente la duración habitual de una sinfonía. Introdujo una profundidad emocional inédita y convirtió la forma sinfónica en una epopeya. El segundo movimiento, una marcha fúnebre, amplía el horizonte dramático del género.
Con esta obra nace la sinfonía romántica.
Sinfonía n.º 4 en Si bemol mayor, Op. 60 (1807)
Estreno: 1807 (primera interpretación privada en el palacio del príncipe Lobkowitz, Viena)
A menudo eclipsada por la Tercera y la Quinta, la Cuarta es una obra brillante y elegante. Comienza con una introducción lenta misteriosa antes de desplegar un carácter luminoso y ágil.
Su equilibrio formal demuestra que Beethoven podía seguir trabajando dentro del molde clásico sin perder identidad.
Sinfonía n.º 5 en Do menor, Op. 67 (1808)
Estreno: 22 de diciembre de 1808, Theater an der Wien
Las cuatro notas iniciales —tres breves y una larga— forman uno de los motivos más reconocibles de toda la música:
ta-ta-ta-taaaam
Este motivo rítmico estructura gran parte de la sinfonía. Anton Schindler, secretario del compositor, afirmó que Beethoven lo describía como “el destino llamando a la puerta”, aunque la veracidad literal de esa frase es discutida.
Lo indiscutible es que la Quinta representa un viaje del conflicto (Do menor) hacia la afirmación triunfal (Do mayor), una narrativa musical sin precedentes.
Sinfonía n.º 6 en Fa mayor, Op. 68 “Pastoral” (1808)
Estreno: 22 de diciembre de 1808, en el mismo concierto que la Quinta
Beethoven la subtituló:
“Recuerdos de la vida campestre”.
Es su única sinfonía claramente programática. Cada movimiento describe escenas: llegada al campo, escena junto al arroyo, fiesta campesina, tormenta, canto de los pastores tras la tempestad.
El compositor aclaró que no pretendía pintar sonidos naturales literalmente, sino expresar sentimientos inspirados por la naturaleza.
Sinfonía n.º 7 en La mayor, Op. 92 (1813)
Estreno: 8 de diciembre de 1813, Viena
Estrenada en un concierto benéfico para soldados heridos, fue un éxito inmediato.
Richard Wagner la llamó “la apoteosis de la danza” por su impulso rítmico constante. El segundo movimiento, Allegretto, se convirtió rápidamente en una pieza independiente por su intensidad contenida.
Aquí el ritmo se convierte en protagonista absoluto.
Sinfonía n.º 8 en Fa mayor, Op. 93 (1814)
Estreno: 27 de febrero de 1814, Viena
Más breve y ligera que la Séptima, la Octava posee un carácter irónico y juguetón. El segundo movimiento parece parodiar el ritmo mecánico del metrónomo (instrumento recientemente popularizado por Johann Maelzel).
Es una obra refinada, llena de humor estructural y claridad formal.
Sinfonía n.º 9 en Re menor, Op. 125 (1824)
Estreno: 7 de mayo de 1824, Viena
La Novena cambió la historia de la música.
Por primera vez, una sinfonía incorporaba voces humanas en el último movimiento. Beethoven musicalizó el poema “Oda a la Alegría” de Friedrich Schiller.
En el estreno, el compositor estaba completamente sordo. Tras finalizar la obra, no se dio cuenta de la ovación hasta que la contralto Caroline Unger lo giró hacia el público.
La Novena amplió la escala, la duración y el alcance filosófico de la sinfonía. Desde entonces, el género ya no tuvo límites.
Entre 1800 y 1824, Beethoven llevó la sinfonía:
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de la elegancia clásica a la épica emocional
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del entretenimiento aristocrático al manifiesto artístico
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del equilibrio formal al drama existencial
Lo hizo mientras su sordera avanzaba hasta dejarlo sin audición.
No fue solo una evolución estilística. Fue una transformación del concepto mismo de música.
Dos siglos después, estas nueve sinfonías siguen vivas en salas de concierto de todo el mundo. No como piezas de museo, sino como experiencias humanas.
Beethoven no escribió para su época.
Escribió para el futuro.
Y el futuro seguimos siendo nosotros.
