En febrero de 1886, mientras Europa celebraba el Carnaval previo a la Cuaresma, el compositor francés Camille Saint-Saëns (1835–1921) se encontraba de vacaciones en un pequeño pueblo de Austria. Tenía 50 años, era ya una figura consagrada en la música francesa y autor de obras sinfónicas, conciertos y óperas de gran prestigio. Nadie imaginaba que, en ese contexto aparentemente relajado, nacería una de las partituras más célebres y populares de toda la historia de la música clásica: Le Carnaval des Animaux (El Carnaval de los Animales).
Y, sin embargo, aquella obra no fue concebida para la posteridad. Fue escrita como una broma.
Una “fantasía zoológica” para amigos
Saint-Saëns compuso la obra entre el 9 y el 16 de febrero de 1886. Él mismo la definió como una “fantaisie zoologique” (fantasía zoológica). No estaba destinada a un gran estreno oficial ni a una crítica especializada. Su propósito era divertir a un círculo íntimo de músicos y amigos durante una celebración privada de Mardi Gras.
La primera interpretación tuvo lugar el 9 de marzo de 1886 en un concierto privado organizado por el violonchelista Charles Lebouc. El ambiente no era solemne ni académico: era festivo.
La obra está formada por 14 movimientos breves, cada uno dedicado a un animal o escena relacionada con el mundo animal. Entre ellos encontramos:
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La marcha real del león
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Gallinas y gallos
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Tortugas
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El elefante
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Canguros
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Acuario
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Personajes de orejas largas (burros)
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El cisne
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Fósiles, entre otros
La instrumentación es reducida pero brillante: dos pianos, cuerdas, flauta, clarinete, xilófono y armónica de cristal (o celesta en versiones modernas). Esa combinación permite un juego tímbrico lleno de color, ironía y teatralidad.
El espíritu del Carnaval convertido en música
El Carnaval, desde la Edad Media, ha sido una fiesta de inversión simbólica del orden social. Durante unos días, el pueblo podía burlarse del poder, caricaturizar a la autoridad y exagerar aquello que normalmente debía permanecer contenido.
Saint-Saëns trasladó ese mismo espíritu a la música.
En “La marcha real del león”, el supuesto rey de la selva es presentado con acordes poderosos y escalas descendentes que evocan un rugido. Pero la exageración es tan evidente que roza lo caricaturesco. Es un rey… con máscara.
En “Tortugas”, el compositor toma el famoso cancán de Orfeo en los infiernos de Jacques Offenbach y lo ralentiza hasta convertirlo en un desfile pesado y cómico. Es una parodia musical brillante.
En “El elefante”, el contrabajo —uno de los instrumentos más graves de la orquesta— interpreta melodías asociadas originalmente a piezas ligeras de ballet, creando un contraste humorístico entre peso y ligereza.
Pero quizá uno de los movimientos más satíricos sea “Pianistes” (Pianistas). Aquí no hay animales: Saint-Saëns caricaturiza a estudiantes practicando escalas de manera repetitiva y mecánica. Es una ironía directa sobre el sistema educativo musical de su época.
El Carnaval no solo estaba en el título. Estaba en el concepto.
“Fósiles”: humor intelectual y autorreferencias
Uno de los movimientos más ingeniosos es “Fossiles” (Fósiles). El xilófono imita el sonido de huesos chocando, evocando esqueletos danzantes. Pero la broma va más allá.
Saint-Saëns introduce citas musicales reconocibles para el público del siglo XIX:
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Fragmentos de canciones populares como “Ah! vous dirai-je, maman” (conocida hoy como “Twinkle, Twinkle, Little Star”).
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Referencias a melodías tradicionales francesas.
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Y, de forma especialmente irónica, una cita de su propia obra Danse macabre (1874).
Con ello, el compositor sugiere que ciertas músicas ya eran “fósiles”, es decir, piezas del pasado. Era un comentario elegante y mordaz sobre la moda musical y el paso del tiempo.
El único movimiento autorizado: “El Cisne”
Paradójicamente, en medio de tanta ironía, encontramos uno de los momentos más líricos y delicados del repertorio clásico: “Le Cygne” (El Cisne).
Escrito para violonchelo solista con acompañamiento de piano, el movimiento presenta una melodía serena y elegante que evoca el desplazamiento silencioso de un cisne sobre el agua. Saint-Saëns permitió que esta pieza se interpretara públicamente en vida, a diferencia del resto de la obra.
Décadas más tarde, esta música sería utilizada en la célebre coreografía La muerte del cisne, interpretada por la bailarina Anna Pavlova, consolidando su fama mundial.
El miedo a perder la reputación
¿Por qué Saint-Saëns decidió prohibir la ejecución pública completa de la obra?
En 1886 era considerado un compositor serio, defensor de la tradición y del rigor formal en la música francesa. Temía que una obra tan humorística y paródica dañara su prestigio académico.
Por ello, prohibió expresamente su publicación y ejecución pública completa durante su vida. Solo “El Cisne” escapó a esa restricción.
Saint-Saëns falleció en 1921. Un año después, en 1922, El Carnaval de los Animales fue publicado y presentado oficialmente al público. La reacción fue inmediata: entusiasmo y popularidad creciente.
De broma privada a fenómeno mundial
Lo que nació como entretenimiento de Carnaval terminó convirtiéndose en la obra más famosa del compositor.
Hoy, El Carnaval de los Animales es una pieza habitual en auditorios de todo el mundo. Se utiliza en conciertos didácticos, adaptaciones infantiles, narraciones teatrales y producciones audiovisuales. Su capacidad para conectar con públicos de todas las edades la ha convertido en un puente entre la música clásica y el gran público.
La ironía final es evidente: la obra que Saint-Saëns quiso proteger del juicio público terminó siendo su legado más universal.
Máscara y verdad
El Carnaval de los Animales demuestra que el humor no es superficialidad. Que la sátira puede ser sofisticada. Y que, a veces, ponerse una máscara permite decir verdades que de otro modo quedarían silenciadas.
Más de un siglo después, la música de Saint-Saëns sigue recordándonos que el arte también sabe reír.
Y que, en el fondo, el mundo siempre encuentra el momento de ponerse máscara.
